El anfitrión invisible (7 días furtivos)

¿Por dónde empezar a contar una experiencia sin desvelar en ningún momento la parte fundamental de la misma? ¿Qué tal por el final?: El tablón de tres metros de largo por setenta centímetros de ancho encaja a la perfección atravesando de parabrisas delantero a parabrisas trasero (o como se llame ese cristal) el interior de un Citroën C3 (hasta que no lo vi no creía que eso fuera posible). Las doce sillas y el resto de mesas supletorias y tableros ya están incrustados debajo de la enorme tabla cual Tetris en versión casal fallero. Se cierra el maletero, se embuten en el C3, misteriosamente también, las dos cocineras y parten en busca de nuevas aventuras culinarias. En la acera de este modesto barrio valenciano, que circunstancialmente está ahora de moda, se queda solo el anfitrión invisible, es decir yo, con un leve síndrome de abandono y un encargo: intentar describir en un texto las sensaciones vividas durante los últimos siete días en los que he compartido mi vida, y mi casa, con dos cocineras y cincuenta y nueve personas más, la mayoría desconocidas para mí… y para ellas.
Dicho así de sopetón suena todo bastante extravagante, pero mejor explicado no lo es menos. Los que estéis leyendo esto en el blog de La Cuina Furtiva ya estaréis familiarizados con el concepto… o puede que no. Contarlo es sencillo, aunque desde el punto de vista del anfitrión se complica un poco. Como cuando un amigo, ajeno a todo este embrollo, me escribió un wasap el miércoles de esa semana: *Hola, ¿quedamos el viernes a cenar?* *Ok. Pero a mí en principio me dan de cenar esa noche en casa, aunque tengo que abandonar mi hogar sobre las 9 (ya sé, parecen las normas de los gremlins pero es así…)* *No lo entiendo, hablamos el viernes a mediodía*.
Llegados a este punto quizá convendría explicar en qué consiste la Cuina Furtiva. La idea es ésta: Mariví y Sonia, las cocineras, se instalan durante una semana, de lunes a domingo de 10:00 de la mañana a 1:00 de la madrugada, en una casa que reúna ciertas características: salón grande para acoger entre doce y veinte comensales (en la mía cabían solo doce) y cocina espaciosa equipada con lavavajillas (fundamental). En esa semana ofrecen cinco cenas, de miércoles a domingo, a las que los comensales, previamente inscritos a través de reservas vía correo electrónico, acuden sin saber dónde van, con quién compartirán mesa ni qué se llevarán a la boca. Sólo conocen con certeza una fecha, hora y punto de encuentro y también la larga lista de ingredientes que se utilizarán esa noche, pero no su combinación. En esta última edición los ingredientes fueron cincuenta y ocho y abarcaban desde el nabo blanco hasta el whisky. Lo que tampoco saben los comensales es qué otras cosas sucederán durante la cena porque en las citas de la Cuina Furtiva no solo se acude a comer, también a jugar y experimentar. Y como diría Mayra Gómez Kemp, “hasta aquí puedo leer”.

¿Pero qué pasa con el o los anfitriones? Esos incautos ciudadanos que se dejan invadir en su intimidad hasta la cocina, literalmente, durante siete días a razón de 15 horas diarias. El pacto es el siguiente: esa semana las cocineras les preparan almuerzo (sobre las 11.30 h.), comida (a las 14:30 h.) y cena (antes de las 21:00 h.). Además, el o los anfitriones están invitados a asistir a una de las “cenas furtivas” pero, a cambio, deben desaparecer de la escena el resto de noches. Volverse invisibles. Para conseguirlo, las opciones son: salir de casa y regresar cuando todo haya terminado o atrincherarse en una habitación remota y no reaparecer hasta que los intrusos se marchen. Como mi casa lo permite, pude disfrutar de ambas opciones pero solo una noche, la última, me quedé de incógnito a la sesión completa. Me prepararon una pizza casera y me encerré en una habitación alejada dispuesto a cenar solo mientras doce extraños disfrutaban en mi salón de una velada insólita. No lo pude resistir; cogí el plato y una servilleta y me comí la pizza de pie en el pasillo justo detrás de la puerta cerrada del salón para escuchar las reacciones de la gente. Lo primero que me vino a la cabeza al verme en esa situación fue un chiste de Gila: “En casa éramos catorce y un señor con gabardina y maletín que vivía en el pasillo”. Otra de las noches esperé hasta que llegaran los invitados. Como mi piso tiene dos puertas de acceso los observé a través de la mirilla arremolinarse en el rellano de la escalera, indecisos -“¿será aquí?”- no se atrevían a entrar por la puerta entreabierta, se movían despacio ¡como con cierto temor! Qué suerte tienen, pensé, aún no ha empezado la velada y ya están subidos a un carrusel de emociones. En otra ocasión me quedé hasta que entraron al salón, estaba listo para salir a la calle pero antes puse la oreja: los intrusos eran doce, las cocineras dos, pero solo se las oía a ellas gritar y reír (algo sobreactuadas, por cierto). El grupo había enmudecido. Me fui con una sensación nueva: esos extraños me daban envidia.
Y claro, también está la noche en la que participé de la fiesta. Fue la primera cena de la serie, un miércoles, y las chicas me recomendaron que mantuviera en secreto mi relación con el espacio. Así lo hice, acudí al punto de encuentro en la calle, me fundí con el resto de convocados y me dejé llevar por el juego inicial. En el patio coincidí con el señor y la señora Solsones, unos vecinos míos que casi me delatan ante el grupo. Lo evité mostrándome inusualmente grosero con ellos (al día siguiente los volví a ver, les expliqué la situación y les pedí disculpas. No estoy seguro de que me entendieran…). El caso es que el consejo de las cocineras resultó muy interesante y esa noche pude disfrutar no solo con la sorprendente cena (de la que no voy a soltar prenda, palabra de Mayra) sino también de hacerme pasar por un invitado en mi propia casa y escuchar los comentarios de los demás sobre decoración, distribución y tamaño de las estancias o sobre extrañas molduras en el techo, además de curiosas conjeturas expresadas con rotundidad como “aquí seguro que viven dos chicas, hay muchas plantas”.
Pero esta experiencia como anfitrión invisible ha sido mucho más que la mera asistencia o ausencia a las cinco cenas. Desde ese lunes en que llegaron las furtivas la rutina diaria se transformó sensiblemente. Para empezar, mi espacio vital cambió por completo. Viví una semana sin “sala de vivir”, sin sofá, sin tele (electrodoméstico cuya ausencia, garantizo, no provoca síndrome de abstinencia) y prácticamente sin cocina. Bueno, la cocina seguía ahí pero ya no parecía la mía. Era el cuartel general de las furtivas, territorio casi vetado para la población local. Además, quién querría entrar en ella pudiendo disfrutar desde fuera de la coreografía culinaria que se improvisaba cada día, de observar la magia con la que se preparaba el almuerzo o la comida al mismo tiempo que se gestaba la cena. Han sido siete días de música sonando sin parar, de olores intensos –cardamomo, cilantro, comino, jengibre, canela, ajo, anís, regaliz…- mezclándose (casi siempre) con armonía de la mañana a la noche, de muchos cafés e infusiones, de almuerzos y comidas al sol con intensas aunque breves sobremesas en las que me contaban las sensaciones vividas la noche anterior (mismo menú, distintos participantes, reacciones siempre diferentes) o me instruían sobre antropología de los alimentos, cine experimental, gentrificación, mitología o roles de género (un saludo a Rosa, la tercera furtiva). Y también de muchas risas, nuevas amistades, falta de sueño y poca intimidad. Por eso en el momento de la despedida, entre abrazos y besos, no pude evitar sincerarme: “Ha sido un enorme placer teneros por aquí y también es un placer, aunque más pequeño, que os marchéis ya”.
En realidad lo dije de broma. Repetiría la experiencia desde mañana mismo y la recomiendo a cualquiera sin reservas. Pero se fueron y yo volví a mi rutina de sofá, tele y soledad. Todo igual. O quizá ya no.

Bienvenidos!

Quique

 

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